YO NO SOY...DE PAPEL
No me escribas que toda tu historia quedará retratada en mi cuerpo y en la lectura del resto del mundo.
No me quemes porque mis cenizas volaran tan lejos hasta donde te encuentres.
No me guardes porque el polvo no desgastará mi esencia ni ocultará mi presencia.
No me dobles porque cada extremo que pretendas achicar seguirá plegado forzando mi verdadero tamaño.
No me cortes porque si con una sola pieza te es difícil, armarme por partes es aún más complicado…
domingo, 14 de diciembre de 2008
domingo, 7 de diciembre de 2008
VIDA & OBRA (primera parte)
Cuando mi padre me llevó al cementerio y encarnó a aquel hijo huérfano de frágil decisión me di cuenta que era yo quien en realidad lo llevaba a él. Todos se habían negado y habían disfrazado el prejuicio con excusas. Me sentí con la responsabilidad de recrear una de esas miles de veces en la que lo acompañé algún domingo al cementerio junto a mi abuela, a poner flores y a saltar lápidas de lúgubre rayuela infinita.
Hacia años que no visitaba el lugar, como todo lo viejo parecía más encogido, contorneado y lleno de realidad en comparación con la última vez. Unos hombres nos guiaron hasta la tumba, ya no recordaba el camino. Mi padre iba adelante con la cabeza pesándole entre los estrechos caminos de pavimento, yo le daba crédito a la curiosidad y a aquel cementerio que me era tan familiar. Recordé a mi abuela por unos instantes quien parecía escoltarnos por el lugar. En realidad era su deseo de eterno descasar junto a su compañero de vida lo que nos había reunido en comunión con el lugar y nos seguía pisando, a su hijo el remordimiento y a mi la responsabilidad.
Mi papá se rendía ante los recuerdos. Parecía levitar entre sus días de escuela, cumpleaños, despedidas, y más precisamente en el rito que había iniciado a su padre en la estadía de lo eterno. El miedo se le escurría por los ojos y al mirarlo me convertí en piedra para coleccionar su figura de austera superioridad. Pasé de ser su hija a un testigo inhóspito, a una mera estatua cansada del mismo paisaje estático pero erosionada por la tormenta, eso era lo que duraría profanar los restos de mi abuelo y ese sería el precio.
Me senté a un par de metros de donde yacía la lápida. Pocos momentos recopilaba el recuerdo, quizás hasta incluso robados y reproducidos como una película muda de alguna foto de mi infancia. No encontraba un sentimiento de dependencia y si bien mi padre me convidaba su apego, aún así ya me sentía satisfecha. Los hombres, palada tras palada de tierra, profanaron el vetusto entierro hasta dar con la incómoda y azarosamente violada casualidad. Cuando creí que vería a aquel hombre de las fantasías de niebla de mi padre sólo me encontré con un montón de huesos tierra y las fibras de alguna tela antigua. La muerte nunca se me hizo más abstracta que en aquel momento. Mi papá miraba ese montón de estructura con la mirada disipada, parecía querer dibujarle un rostro, una facción o hasta incluso una misma mirada que le retribuyera y le devolviera a cambio un par de respuestas.
La onda expansiva que había traspasado a mi padre a mí apenas me había rozado. No sentía nada. El poco temor que había logrado generarme los Medios sobre la muerte se habían desmoronado en el peor de los fracasos enfrentándome con la mismísima realidad, que para mi suerte, era quien me respondía devolviéndome una mirada.
Fue en aquel momento cuando todo se me hizo sospechosamente absurdo y mis sentidos rompieron la corteza de la estaticidad reduciendo a mi padre a un mero venerador de un montón de huesos húmedos. El lugar se desmoronó y me reincorporé con el deseo de volver a saltar las lápidas como en mi infancia, prudentemente burlarme de la muerte consiente y sus accesorios de miedo artificial.
Acomodaron lo que quedaba de mi abuelo en una urna y lo cargamos en el auto. No nos dirigimos la palabra en todo el camino, las conclusiones llegarían con el tiempo y la diferencia alumbraba su primera secuela sordamuda.
Hacia años que no visitaba el lugar, como todo lo viejo parecía más encogido, contorneado y lleno de realidad en comparación con la última vez. Unos hombres nos guiaron hasta la tumba, ya no recordaba el camino. Mi padre iba adelante con la cabeza pesándole entre los estrechos caminos de pavimento, yo le daba crédito a la curiosidad y a aquel cementerio que me era tan familiar. Recordé a mi abuela por unos instantes quien parecía escoltarnos por el lugar. En realidad era su deseo de eterno descasar junto a su compañero de vida lo que nos había reunido en comunión con el lugar y nos seguía pisando, a su hijo el remordimiento y a mi la responsabilidad.
Mi papá se rendía ante los recuerdos. Parecía levitar entre sus días de escuela, cumpleaños, despedidas, y más precisamente en el rito que había iniciado a su padre en la estadía de lo eterno. El miedo se le escurría por los ojos y al mirarlo me convertí en piedra para coleccionar su figura de austera superioridad. Pasé de ser su hija a un testigo inhóspito, a una mera estatua cansada del mismo paisaje estático pero erosionada por la tormenta, eso era lo que duraría profanar los restos de mi abuelo y ese sería el precio.
Me senté a un par de metros de donde yacía la lápida. Pocos momentos recopilaba el recuerdo, quizás hasta incluso robados y reproducidos como una película muda de alguna foto de mi infancia. No encontraba un sentimiento de dependencia y si bien mi padre me convidaba su apego, aún así ya me sentía satisfecha. Los hombres, palada tras palada de tierra, profanaron el vetusto entierro hasta dar con la incómoda y azarosamente violada casualidad. Cuando creí que vería a aquel hombre de las fantasías de niebla de mi padre sólo me encontré con un montón de huesos tierra y las fibras de alguna tela antigua. La muerte nunca se me hizo más abstracta que en aquel momento. Mi papá miraba ese montón de estructura con la mirada disipada, parecía querer dibujarle un rostro, una facción o hasta incluso una misma mirada que le retribuyera y le devolviera a cambio un par de respuestas.
La onda expansiva que había traspasado a mi padre a mí apenas me había rozado. No sentía nada. El poco temor que había logrado generarme los Medios sobre la muerte se habían desmoronado en el peor de los fracasos enfrentándome con la mismísima realidad, que para mi suerte, era quien me respondía devolviéndome una mirada.
Fue en aquel momento cuando todo se me hizo sospechosamente absurdo y mis sentidos rompieron la corteza de la estaticidad reduciendo a mi padre a un mero venerador de un montón de huesos húmedos. El lugar se desmoronó y me reincorporé con el deseo de volver a saltar las lápidas como en mi infancia, prudentemente burlarme de la muerte consiente y sus accesorios de miedo artificial.
Acomodaron lo que quedaba de mi abuelo en una urna y lo cargamos en el auto. No nos dirigimos la palabra en todo el camino, las conclusiones llegarían con el tiempo y la diferencia alumbraba su primera secuela sordamuda.
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